La sangre de Cristo nos salva del pecado.
Es la sangre de Cristo la que nos da la esperanza del cielo.
San Pablo nos dice que Jesús reconcilió “en sí mismo todas las cosas, ya sea en tierra o en el cielo, haciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col. 1:20).
Sin la sangre de Cristo derramada por nosotros, todo estaría perdido.
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